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  • Ricardo Rozental

El Festival simboliza, actúa y propone. Suena la vida.


Argollas olímpicas Conviene no otorgarle al arte premios olímpicos con los parámetros citius, altius, fortius para referirse a obras, compositores, intérpretes, programas de concierto, salas de música. Valgan unos ejemplos: fulano es el mejor violinista del mundo, tal sinfonía es la máxima obra de la historia universal, este otro es el genio más grande del universo, aquella es la mejor sala de conciertos y así por el estilo. El Festival de Música de Morelia (FMM), me parece a mí, dista de las olimpiadas de la exageración aún si por estos días me dan ganas de subirlo al podio y colgarle una medalla. No creo que el FMM sea el festival más largo (citius), ni el más encumbrado (altius) y, por fortuna, tampoco el más pesado (fortius). Sus más de treinta años honrando la memoria del compositor, organista y maestro Miguel Bernal Jiménez en Morelia, Michoacán y su perseverancia en emplear alguna financiación pública junto con mucho soporte privado, al lado de la calidad de la programación y de los intérpretes, lo destacan en México. Ligado a la ciudad de las carnitas El FMM ocurre en una ciudad con un expandido centro histórico, joya de la arquitectura dotada de una unidad que llama la atención, aunque sea solo por el color y textura de la piedra de cantera que la identifica. La ciudad de Morelia se ha empeñado en ser sede de festivales de artes. Poco antes de que ocurra el FMM en noviembre, se lleva a cabo el de cine y se cuentan varios más a lo largo del año. La gente de Morelia ha tenido la inteligencia de sacarle partido a estos atractivos y se vincula a ellos por derecho propio asistiendo masivamente ya sea porque la Plaza Valladolid permite el acceso a diez mil personas o porque los conciertos y escenarios son numerosos. Las personas viajan desde otros lugares de Michoacán, de la Ciudad de México, desde puntos lejanos de la República para disfrutar del transcurso del FMM sin tener que preocuparse de la complicada logística de su funcionamiento y tienen tiempo de sobra para incorporarse al ritmo de la ciudad. Y, puesto que la ciudad no es solo el escenario para el FMM, sino parte fundamental de su ocurrencia, algunas líneas rígidas que separan al arte de los negocios se desdibujan aquí para permitir que unos y otros se apoyen: cafés, restaurantes, hoteles, agencias de viajes y de transporte, concesionarios de carros y muchos otros negocios brindan su apoyo al FMM en especie y con dinero y se ven retribuidos por una afluencia de clientes que saca partido de la acogida, los conciertos, los talleres, conferencias y clases magistrales. El renombre de Morelia en el continente y el mundo de la música proviene de su larga tradición que data de la Colonia, se concentra en el Conservatorio de las Rosas, el primero que se fundó en América en 1743, mismo que Miguel Bernal Jiménez renovó en su aproximación pedagógica y funcionamiento ya en el siglo XX. Entre la tradición y el futuro La inquieta relación entre la administración del FMM y su Consejo Artístico ha permitido que el evento se programe cada año sin resquebrajar demasiado un entendible conservadurismo que liga el evento al carácter de su ciudad, al de la familia Bernal que se ha empeñado en mantener vivo el Festival por más de treinta años y al nombre de Miguel Bernal Jiménez. Él fue un compositor importante, algo conservador en su producción sin detrimento para su comprensión de que la música contemporánea requiere estímulo, ejecuciones, ser objeto de estudio y aprendizaje, y de divulgación y disfrute para el público. Desde hace unos años, la dirección general del Festival recae en Mariol Arias, ligada a la familia Bernal, y es ella quien lleva a la realización las sugerencias y orientaciones del Consejo Artístico integrado por el catedrático, investigador y compositor Rodrigo Sigal, también a cargo del CMMAS —Centro Mexicano para la Música y las Artes Sonoras ubicado en Morelia en la Casa de la Cultura—; por Javier Álvarez, compositor, docente, investigador y director de la Escuela Superior de Artes de Yucatán en Mérida; y por Ricardo Gallardo, percusionista, compositor, maestro, director artístico e integrante del cuarteto de percusiones Tambuco. Los tres tienen renombre mundial y le aportan al FMM el otro aire que apunta hacia la música contemporánea en la tradición académica occidental al igual que otras músicas de concierto como las de tradición popular mexicana, el jazz, las músicas de las tradiciones populares del mundo, músicas clásicas de las tradiciones de la India o de Irán, músicas de África y América Latina y a cantantes y espectáculos de elevada factura en el entorno del pop, entre otras. De las enriquecedoras tensiones entre historia y tradición, y el presente con ganas de futuro, resulta un FMM capaz de renovarse, de estar al día sin renegar de su pasado y actuar en el mundo de hoy y saberse abierto a lo que vendrá. Suena la vida en restricción De este ambiente provino la iniciativa de invitar a intérpretes mexicanos o radicados en el país a participar en una convocatoria para que presenten sus obras al dictamen del Consejo Artístico en medio de las restricciones por la pandemia que impone las cancelaciones de eventos públicos, aglomeraciones, traslados y socialización. El 20 de abril de 2020 venció el plazo para que los músicos hicieran llegar los videos con sus obras al FMM y el Consejo Artístico los revisará y emitirá un concepto que dotará de premios en dinero a los más destacados. El dinero sale de la bolsa que el FMM llamó Suena la vida a la que ha contribuido un público que entiende esta dolorosa parálisis repentina de todas las actividades, en particular las que dependen de los conciertos y las tarimas. Nosotros podemos contribuir a la bolsa de premios —yo lo hice ya— con nuestras donaciones hasta el 30 de abril. El monto de los premios será simbólico porque todos estamos pasando dificultades, pero también es un símbolo el mensaje que envía el FMM pues sirve de iniciativa ejemplar para pensar en las condiciones de los músicos sin escenarios, con público mediatizado y no presencial, con calendarios y agendas desaparecidas; para recabar en la falta que la música le hace a su público. Es una preciosa iniciativa que dice a todos que el FMM piensa en ellos y actúa, se cuestiona y propone y, muy seguramente, que sigue adelante pensando en lo que vendrá, en que el FMM como todo el mundo y el de la música incluido, volverá a adaptarse, con proposiciones e innovación para buscar su lugar en un instante de cambio drástico. El FMM vive y le da vida a quienes se la dan al FMM. Visite la campaña en https://donadora.org/campanas/suena-vida la página del Festival del Música de Morelia.





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